LA VERDAD SOBRE MARÍA

¿Qué es la verdad?, ¿cómo encontrarla? Los filósofos clásicos, los filósofos cristianos afirmaban que el fundamento de la verdad intelectual y moral es la capacidad que tiene todo lo que existe de descubrirse y manifestarse en sí mismo a la mente humana.

Según esta perspectiva, la verdad sobre María se produce cuando la Iglesia expresa en su doctrina o en sus dogmas algo que coincide con la realidad histórica de María, cuando la mente de la Iglesia capta adecuadamente el dato objetivo mariano que trata de exponer.

Por otra parte, en esta misma perspectiva se parte del supuesto de que todo aquello que es, según Dios, imprescindible para su revelación definitiva, tiene capacidad de descubrirse y manifestarse a la mente creyente; si son datos de revelación, no son datos a los que no se pueda tener acceso. Su verdad es necesariamente irradiante, se exterioriza y se hace conocer.

Los dogmas marianos representan los puntos culminantes de la verdad sobre María que la Iglesia ha ido construyendo en su historia. La Iglesia se mostró, ya desde sus orígenes, interesada en conocer la verdad sobre María. No le bastaron los datos históricos aportados por la primera tradición neotestamentaria; deseó penetrar en la zona misteriosa de María haciendo de ella objeto de su reflexión teológica y sapiencial.

Se advierte ya en el Nuevo Testamento un creciente interés por su persona, por su figura. Ante la ausencia total de María en los escritos paulinos, vemos cómo Mateo, Lucas y el cuarto Evangelio le dan una mayor relevancia y la colocan en importantes contextos teológicos.

Un interés popular por conocer mejor a la madre de Jesús se manifestó en los evangelios apócrifos. Estos recrearon imaginativamente, y con una cierta sensibilidad religiosa y teológica, rasgos, aspectos, hechos de la vida de Jesús a los que no se tenía suficiente acceso a través de los escritos que hoy consideramos canónicos. El Protoevangelio de Santiago gozó de tal autoridad en la Iglesia de los Padres que no pocas de las posteriores afirmaciones mariológicas, respecto a la virginidad y santidad de María, encontraron en él su fuente. Pues, como sabemos, hubo un tiempo en que no se distinguía entre escritos canónicos y apócrifos.

La historia de la Iglesia revela un interés creciente por conocer la verdad de María. En la Iglesia de los Padres este interés iba de la mano y a la zaga de los intereses cristológicos que surgían. El redescubrimiento de nuevos aspectos de Jesucristo repercutía y reajustaba las afirmaciones mariológicas. Por otra parte, María siempre ha estado presente en la espiritualidad del pueblo de Dios: en el culto, en el camino espiritual.

Las experiencias religiosas en las que ella se ha hecho presente han ido aportando nuevos elementos, datos, estímulos. La Iglesia ha querido incluso arriesgarse a conocer aquello que en principio parecería inalcanzable al conocimiento: el origen y el fin de María. ¿Cómo fue su primero y su último momento aquí en la tierra (su concepción y su asunción)? También se ha sentido interesada, desde bastante pronto, por definir toda su vida como vida en virginidad y se ha atrevido a proclamarla «theotokos» (Madre de Dios).

Lo más llamativo tal vez sea el descubrir cómo la verdad sobre María no se agota en la mera curiosidad histórica. Va más allá. Se intenta descubrir en María algunos de los ejes más importantes de la economía salvífica de Dios.

María es reconocida como la nueva Eva, que recapitula la primera Eva y se convierte en causa de salvación. En María se encuentra el tipo de la Iglesia. En la concepción virginal de Jesús se descubre el gran símbolo de la filiación divina.

Los dogmas marianos, con todo, no han surgido de una curiosidad superficial, meramente histórica. La afirmación, por ejemplo, de la virginidad perfecta de María (virgen antes del parto, en el parto y después del parto) no puede basarse únicamente en los datos bíblicos.

Los evangelios de la infancia de Mateo y Lucas nos hablan ciertamente de la concepción virginal de Jesús, pero no nos ofrecen datos que prueben una virginidad posterior de María, y mucho menos la virginidad en el parto.

Cuando la Iglesia, en sucesivos momentos solemnes, confiesa que María es la siempre virgen, no se basa en leyendas, ni siquiera en los resultados de investigaciones científicas: lo confiesa espontáneamente, como si fuera el resultado del conocimiento connatural del misterio de Cristo Jesús que le ha sido concedido.

No es la satisfacción de una curiosidad histórica la que explica el porqué de la afirmación dogmática, sino más bien la expresión de una experiencia del misterio de Cristo, del que se deduce que María fue siempre virgen. Hay algo profundamente misterioso en todo esto. Ciertas verdades de nuestra fe, más que proclamadas con arrogancia e impositividad, habrían de ser confesadas con temor de Dios, con humildad venerativa.

No es tampoco el interés estrictamente mariano el que lleva a la Iglesia a definir solemnemente la maternidad divina de María.

María es proclamada la «theotokos» por una motivación profundamente cristológica. Es el conocimiento místico de Jesús el que lleva, como consecuencia, a conocer a su madre. La confesión de la maternidad divina es consecuencia de la afirmación cristológica de la divinidad de Jesús, de un conocimiento vivencial de la realidad de Jesús.

Vemos, por consiguiente, en estos dos casos que la Iglesia llega a estas afirmaciones dogmáticas marianas no desde un conocimiento de datos sobre María, distintos a los datos bíblicos, a los que ella hubiera tenido acceso, sino que son como derivaciones de un conocimiento más hondo de Jesús, de una penetración espiritual en su misterio divino. María se convierte así en punto referencial imprescindible para reconocer quién es realmente Jesús para su Iglesia: el Hijo de Dios con todas sus consecuencias.

En todo caso, es llamativo que la Iglesia de los Padres ligara estrechamente la identidad del Hijo a la identidad de la Madre y que la identidad de la Madre se convirtiera en símbolo de la identidad del Hijo.

Otro proceso distinto fue el seguido para la proclamación de los dos últimos dogmas marianos: el de la Inmaculada Concepción y el de la Asunción. Ambas definiciones dogmáticas acontecen en un momento en el que no había motivos fuertes para ello. Ambos dogmas presuponen un conocimiento profundo de la verdad sobre María: definen que fue concebida sin pecado original desde el primer instante y que fue ascendida en cuerpo y alma al cielo tras el curso de su vida terrestre. Podríamos decir que las razones que se alegan para estas proclamaciones dogmáticas son: la glorificación de Dios, la glorificación de María, el bien del pueblo.

En esta ocasión no hay razones de tipo cristológico como en los primeros dogmas marianos. Tampoco aparece cualquier otro tipo de razón teológica colateral. Da la impresión de tratarse únicamente de un deseo de glorificar a Dios en María y a María en Dios.

Independientemente de las razones que se pudieran alegar para justificar estas dos definiciones dogmáticas, lo cierto es que estuvieron precedidas de una larga y, por lo menos en el caso de la doctrina de la Inmaculada, polémica historia. No todos los teólogos se manifestaron acordes con la doctrina mariana de la Inmaculada y de la Asunción. El acuerdo fundamental estaba en el pueblo que celebraba estas fiestas desde hacía siglos, que se identificaba con la liturgia y alimentaba en ella su piedad mariana.

El pueblo cristiano contemplaba a María, ante todo, desde su relación materna con su hijo Jesús. La madre le llevó en el seno, le dio a luz, lo alimentó a su pecho, se entregó en cuerpo y alma a él; para el pueblo era obvio y natural que Jesús, su buen hijo, le correspondiera con su gracia y la privilegiara sobre las demás criaturas.

El pueblo cristiano sencillo de siglos pasados, veía en María la fuente humana del «todo Inmaculado Jesús», descubría en ella también la primera persona redimida, salvada y glorificada totalmente por su Hijo. Era ésta una intuición que el pueblo no podía menos de celebrar en sus cíclicas fiestas marianas.

Esta convicción fue haciéndose cada vez más honda. Una cierta complicidad santa entre el pueblo cristiano y María hizo que se hicieran comunes y aceptables datos sobre ella que no emergen directamente de la Escritura y la primera tradición. A veces se llegó al exceso, que la jerarquía eclesiástica y la teología fue corrigiendo con mayor o menor energía. Pero, frecuentemente, las convicciones marianas del pueblo se mantuvieron dentro de lo justo. María no fue idolatrada, pero sí reconocida como aquella dimensión más accesible hacia lo sagrado.

En conclusión, podemos decir que María ha sido bien patrimonial más del pueblo sencillo y de los santos que de los teólogos, y que las mariologías actuales así como la doctrina mariana que propone la Iglesia católica, son la respuesta a esa ansia de conocer la verdad sobre María.

Reflexión desarrollada basada en uno de los capítulos del libro “Mariología” de José Cristo Rey García Paredes, de la Serie de Manuales de Teología de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999.