UNIDOS
CON MARÍATenemos
como lema en la Congregación, “A Jesús por María” ¿Por qué este aparente
«rodeo»?. ¿Es necesario ir a Dios por María
para que Cristo pueda crecer en nosotros?.
Pues
sí, tal es la voluntad de Dios. No amamos
a María tan sólo porque sintamos un atractivo, especial
hacia Ella. Aunque con íntima satisfacción reconozcamos lo dulce que es este
atractivo, buscando
la última motivación de este obrar,
lo encontramos en la adorable voluntad divina. La
razón fundamental y verdaderamente primera de nuestro
amor para con María es que Dios lo quiere así.
Aprendamos
a amar la voluntad divina en ella misma y por ella misma. Bástenos saber que
Dios quiere comunicarse
a través de María, para que nuestra voluntad
se aúne a la de Dios y dicte la actitud por la que
se ha de regular nuestro amor. Amar es querer amar.
Y esta voluntad enérgica de amar es la que nos pone
al abrigo de nuestras fluctuaciones psicológicas y
sentimentales. La devoción a María es una virtud que tiene su fuente en la
adorable voluntad de Dios
y de allí extrae su constancia y fortaleza.
Acercarse
a nuestro mediador único a través de María,
es también reconocer su santidad adorable y es abajarnos aún más
profundamente ante esa divina santidad.
«Señor
apártate de mí, que soy hombre pecador» (Lucas, 5,
8). Este grito espontáneo de San Pedro a vista del Salvador
es, al mismo tiempo, un gesto de respeto y
la profesión de una verdad.
Esta
santidad dé Dios es tan alta, que nos fuerza cada
día a humillarnos más y más en su presencia, prosternándonos
en devota adoración. La práctica de la
mediación mariana nos hace reflexionar hondamente sobre nuestra
impureza y al mismo tiempo nos descubre
quién es Dios.
A
menudo osamos apenas acercarnos a Él. Nos sentimos
incómodos en su presencia. Es que tenemos conciencia
de lo «poco sincera» que es nuestra oración, de lo inarmónico
que es nuestro canto. Querríamos entonces sustituir
nuestra voz por una melodía que hiciera estremecer
el
corazón de Dios, que lo regocijara, que nuestra oración
fuera pura y límpida como agua de manantial. Vayamos
a María: Ella puede ser el arpa de nuestro canto, la
copa pura de nuestras libaciones... Dios la contempla
con inefable complacencia, porque esta arpa está en perfecta
consonancia con Cristo, porque esta copa pura fue
elegida por el mismo Cristo para ofrecer su propia sangre
al Eterno Padre: «por
nuestra salvación y la de todo el mundo.»
La
unión con María no es solamente un acto de respeto
hacia la santidad de Dios; es también el medio por
excelencia para practicar la vida de infancia espiritual
y de abandono.
El
niñito que va a nacer no se inquieta ni por el pasado
ni por el venir. Vive su momento presente, respirando
cada segundo. Sin sentir la menor inquietud,
se va alimentando de la carne y de la sangre de su
madre a cada latido de su corazón. Está envuelto por
una ternura vivificante, que no se desmiente a sí misma
jamás. Tal es la imagen de una vida espiritual auténtica.
Dios
no quiere que
vivamos al margen de su voluntad divina, que encierra
todo su amor actual hacia nosotros. El ayer no existe: abandonémosle a su
misericordia. El mañana
aún no ha llegado: fiémonos ciegamente a su solicitud.
Mas el hoy está ante nosotros y este hoy es un reclamo a entregarnos al amor
divino en acción.
Al
alma
unida a María le basta ponerse, por medio de Ella,
en manos de la voluntad santificadora de Dios. No
requiere saber más. Cada respiración mariana
será una respiración espiritual suya. Su vida será
una comunión incesante bajo las mil especies del deber presente. ¡Qué paz, qué certeza, qué abandono!
Queremos
muchas veces trazarnos la ruta, elaborar planes,
prever. Nada de esto es compatible con este espíritu
de infancia, que nos incita a una donación, incesantemente
repetida a la voluntad actual de Dios. Entonces
son posibles los maravillosos efectos de la gracia,
porque a cada instante que el hijo fiel respira en
María, una nueva purificación se
obrará en su alma. La vida mariana es
un camino inmaculado. Todo lo que pasa
por Ella sufre una suerte de
transformación y de gracias renovadoras.
Nuestros móviles rastreros se purifican y se transforman,
y los sentimientos de Cristo vienen a ser paulatinamente
nuestros sentimientos; y la gloria de Dios,
únicamente la gloria de Dios, la aspiración constante de todo nuestro ser.
Practicando
esta dependencia mariana, prolongamos la
de Cristo durante los nueve meses de su vida oculta en
el seno materno. Ahora bien, si el discípulo no es mayor
que el Maestro, no temamos seguirle por
todos los caminos que Él escogió y tener por morada
la que fue suya por modo glorioso. Entonces podremos
decir, pensando en nuestra Reina y Señora: «¡Oh
Señor!, amo la morada de tu
casa, el lugar en que has asentado tu majestad».
Meditación
basada en el libro ”Teología del Apostolado” de León José
Suenens editado por Descleé de Brouwer, Bilbao 1984