El
artículo que voy a desarrollar a continuación, refleja increíblemente mi
percepción respecto a la problemática con los jóvenes. No se me ha concedido
el don de la expresión escrita. Sin embargo,. el Espíritu Santo puso frente a
mi un artículo que refleja mucho de lo que yo siento y deseo compartir con los
Congregantes y demás personas que se relacionan con nosotros, bien a través de
nuestro sitio web, bien a través de la relación que hemos establecido al
habernos contactado en la realización de Retiros, Reflexiones y Ejercicios
Espirituales.
Hablar
de «los jóvenes» es algo complicado, porque no existe una definición
consensuada de quiénes son o los rasgos que los definen. Sin embargo hay
algunas características comunes que la cultura dominante va imprimiendo en la
mayoría de ellos y este es el tema a compartir en este artículo.
Un
dato a considerar es que lo que lo que aquí se diga puede ser localista y
pasajero: primero, porque enfoca la relación con grupo de jóvenes con
determinados rasgos y, segundo, porque hoy en día, la dinámica de las
tendencias culturales, propicia que las generaciones cambien con demasiada
rapidez.
Así
que, sin pretensiones de generalizar o abarcar toda la gama de jóvenes ni de
ser una autoridad que dictamine, se plantean algunas reflexiones surgidas de
diversas experiencias con jóvenes de entre 15 y 18 años de edad. Esperamos que
estas reflexiones se multipliquen en cada uno de los lectores y nos ayuden a
buscar pistas de acción.
Todos
nuestros jóvenes menores de 20 años han crecido en un México en constante
crisis. El discurso que les ha tocado escuchar, tanto en las noticias como en su
hogar, habla de desempleo, limitaciones, inflación, pobreza, etcétera.

Aunado
a la crisis económica, a los jóvenes de hoy se les ha educado, o tal vez «maleducado»,
en una «cultura del miedo» transmitida principalmente por nuestros vecinos del
norte a través del cine, las revistas, los programas de televisión y asimilada
por algunos adultos como muy nuestra.
A
los jóvenes se les ha inculcado tantos miedos: a los asaltos, los secuestros,
el terrorismo, el SIDA, la contaminación, el sol que produce cáncer, los
alimentos que engordan, a lo que es diferente, a tantas cosas...
Entre
estos, considero que en particular dos miedos les impiden ver y asumir el
sentido de su vida, más que los demás. El primero es el de ser «perdedor» (más
comúnmente usando el término «loser»); esta palabra tan usada por los jóvenes
parece ofenderles más que cualquier otra.

Hay
una enorme presión por no equivocarse que los paraliza: «prefieren no decir qué
sentido tiene su vida para no someterse a que se les juzgue sobre si van bien o
mal», «prefieren vivir en el hoy, antes que sentir que estropean su futuro».
El
segundo es el miedo a ser, crecer o envejecer. En esta cultura en la que verse
eternamente joven es imperativo y ser viejo parece ser un estigma, es difícil
querer tomar decisiones, madurar (con la connotación negativa que puede tener
la palabra) y asumir que la vida tiene un «para qué».
Tantos
miedos y la eterna crisis han hecho que muchos jóvenes crezcan con demasiadas
inseguridades, creyendo que no tienen las herramientas para poder enfrentar
responsabilidades, que «razonadamente», no vale la pena buscarle sentido a su
vida, pues no podrán alcanzarlo.
La
familia es una de las instituciones que ha sufrido más distorsiones en su
imagen. Con padres y madres trabajadores de tiempo completo, debido a la situación
económica tan difícil, las imágenes paterna y materna se ven desdibujadas
desde el enfoque de los hijos. Algunos no conocen ni se sienten conocidos por su
familia. Son personas que comparten, además del apellido, la casa pero de
ninguna manera el tiempo, los sueños, la vida.
El
número creciente de parejas separadas o divorciadas obliga a los jóvenes a
cuestionarse el valor del matrimonio y su deseo de llegar a ser madres o padres
algún día. Algunos jóvenes han vivido la experiencia de que al terminar la
preparatoria o vocacional son «informados» por sus padres de que van a
divorciarse «porque hace “buen tiempo” que ya no se quieren» y sienten que
ahora que ya los consideran maduros podrán «entenderlo mejor».
Estas
«verdades» producen, además de mucho dolor, inseguridad en los valores que en
muchos de los casos se les inculcó como sólidos pilares de sus
vidas, como es el caso del amor, la familia, la entrega, etc.
Por
otra parte, las instituciones han perdido casi todo el valor para los jóvenes,
los partidos políticos y el gobierno, son percibidos (pienso que con mucha razón),
como alejados de sus funciones originales.
No
se sienten representados ni confían en ningún partido, en su mayoría están
convencidos que no existe ningún sueño compartido, les queda muy claro que
predominan los «intereses personales» (¿Alguien, razonando sinceramente, se
atrevería a negarlo?).
Lo
comunitario en estas instituciones se ubica en un nivel tan bajo, que les quita
prácticamente todo su valor.
Por
supuesto, también ha disminuido la valoración de las instituciones educativas.
Muchos alumnos creen que pueden aprender más por su cuenta, por Internet, o en
la práctica, que en un colegio, universidad o institución educativa similar.
En realidad, la mayoría las perciben como el «mal necesario» para obtener un
título o «papelito» que es requisito en el mundo laboral, esa es la principal
razón que los mantiene estudiando, no es propiamente la percepción de un deseo
de aprender.
Por
otro lado, la iglesia, según muchos jóvenes, es una Institución que se quedó
estancada en el pasado, no la sienten como un “Cuerpo”que los acompañe.
Desgraciadamente, a la mayoría, sus ritos no les dicen nada, no los entienden,
y no existe una motivación poderosa que los interese en esforzarse por
conocerla.
Para
la mayoría de ellos no hay instituciones que los refugien, se sienten solos
frente a su vida, frente a su realidad.
Esta
desilusión y cuestionamiento de valores, que las instituciones «llenaban» en
el pasado, se debe a una brecha gigantesca entre el discurso y la praxis. Se
sigue proclamando el «deber ser» de hace años, pero pocas veces se practica.
Como ejemplo tenemos que el discurso moral y religioso de los padres no ha
cambiado, y algunos pretenden reproducirlo sin darse cuenta de que son ellos
mismos quienes no validan con sus acciones eso que quieren imponer.
Ante
una realidad para algunos agresiva y para otros desmotivante, los jóvenes van
buscando alternativas.
El
grupo de amigos se convierte en «familia», con ellos se sienten escuchados,
comprendidos, acompañados; con ellos pasan la mayor parte del tiempo y aprenden
de la vida.
Las
plazas comerciales o lugares equivalentes, se han convertido en su mundo
controlado, pareciera que ahí encuentran todo lo que necesitan sin tener que
salir al mundo exterior. Ahí pueden pasarse horas enteras y ni siquiera el
clima los afecta.

Otro
mundo en el que pretenden ser lo que siempre han querido, es el «Chat» el
lugar donde disfrazan sus inseguridades o miedos; pueden simular ser alguien más
con otra personalidad, físico, edad, o sexo. Es un vivir engañando y un saber
que te engañan, pues nadie sabe quién eres.
El
«Messenger» es otra forma de esconderse, a través de la computadora, los jóvenes
comunican sus verdaderos sentimientos escudados en que el otro no los ve.
El
autor en que me he inspirado para desarrollar este artículo, comenta cómo le
impresiona el que muchos de sus alumnos que se ven todos los días, no se
atreven a platicarse en persona lo que comunican escondidos tras el monitor.
En
los extremos, para algunas clases sociales más «preparadas», se elige el
alcohol o las drogas para crear momentos de «olvido» o despreocupación por
unas vidas, a su manera de ver, demasiado complejas.
Por
supuesto, todos estos mundos paralelos son irreales, el placer que les producen
es temporal y no «llenan» ni sus necesidades reales ni sus proyecta en ningún
sentido.
Pero
no todo son mundos paralelos, también hay deseos de enfrentar la realidad y
transformarla: después de haber recibido la gracia del Señor de participar en
obras de la Congregación como los Retiros y Ejercicios, o la edición de su
sitio web, percibo la falsedad de que el discurso de que los jóvenes de hoy no
tienen valores que le den sentido a su vida.
El
autor en quien me inspiré para desarrollar este artículo, comenta que sus
experiencias sobre «lo no negociable» en la vida de muchos de estos jóvenes,
es precisamente aquello que les responde a la pregunta «¿qué le da sentido a
mi vida?" Los resultados en este proceso son muy similares: aceptan creer
que el amor, la entrega a los demás, la igualdad, la tolerancia, la libertad,
la justicia, la fe, y la familia, son factores que le dan sentido a su vida.
Sí,
aunque para algunos escépticos les parezca increíble, estos jóvenes siguen
creyendo y luchando por muchas cosas que ¡nunca han vivido plenamente!. ¡Realmente
que alcances tiene la gracia de Nuestro Señor!.

Hay
jóvenes que se arriesgan, que se internan en caminos desconocidos, algunos se
van de voluntarios a trabajar por los más necesitados, mientras que otros
buscan el sentido en el servicio social. Claro que se debe reconocer que muchos
de ellos aún no saben cómo van a aterrizar algo que sienten tan abstracto o
lejano, pero uno de sus más grandes deseos es aprender a vivir de acuerdo a eso
que los mueve.
Una
joven comentaba: «me siento perdida en una oscuridad, sé que llevo lo
necesario para el camino, para ser feliz y hacer felices a los que me rodean,
pero no sé por donde ir».
Los
adultos podemos decir que la edad y las experiencias nos han dado muchas
herramientas para enfrentar al mundo, tal vez podemos considerarnos «sobrevivientes»;
pero, un momento,
tenemos que reconocer que no podemos decirles a los jóvenes por dónde
caminar, porque NUESTRO CAMINO FUE DISTINTO, el MUNDO y el CONTEXTO, eran
realmente muy diferentes.
Debemos
aceptar que no tenemos todas las respuestas, que nuestra función es ir
caminando con ellos y redescubrir juntos el sentido de la vida. Lo que nos sirvió,
puede darles pistas a los jóvenes, pero no hay «recetas», no podemos
pretender donarnos en los hijos.
Lo
que le dio sentido a nuestra vida durante nuestra
juventud (que tal vez no esté tan lejana), y que probablemente le sigue
dando sentido, pudiera ser de utilidad a la de los jóvenes, pero NO SE PUEDE
IMPONER.
Estamos
obligados a realizar el mejor de nuestros esfuerzos, a pedir la ayuda del Altísimo,
para mostrar que eso que le da sentido a nuestra vida: el amor, la fe, el
servicio, nos produce y hace irradiar vida; pues debemos recordar una premisa básica,
que «las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra».
No
dejemos que el miedo se apodere de nosotros, y por supuesto no lo heredemos a
los jóvenes.
Recordemos
una de las frases más repetidas en los labios de Jesús, dentro de la Sagrada
Escritura, «¡NO TEMAN!». EL
MIEDO ES CONTRARIO A LA FE.
La autoestima de muchos jóvenes está muy lastimada, pero darles seguridad es mucho más fácil de lo que creemos. A veces basta con escucharlos y demostrarles que sus ideas valen.
Tal
vez tengamos casos más complicados en los que nuestra compañía no es
suficiente, y siempre tratando de discernir la voluntad de Dios, tal vez llegue
a ser necesario buscar ayuda profesional para que se rompan algunas ataduras que
los anclan.
Hasta
aquí dejo la reflexión, el día de hoy, 7 de agosto del 2005, en que he tenido
la oportunidad de enterarme de una gran cantidad de fracasos de personas que han
tratado de organizar encuentros para convocar a los jóvenes e interesarlos en
conocernos como Iglesia.
Invoco la intercesión de Nuestra Santísima Madre, para que Nuestro Señor se digne convocar a una buena cantidad de jóvenes a nuestro Retiro Espiritual que hemos programado del miércoles 14 de septiembre a las 7 de la noche, al domingo 18 de septiembre a las 12 del día.
Convoco
a todos los lectores de este artículo, a que se unan a mi oración, con plena
convicción de que los retiros planteados bajo el esquema ignaciano de
espiritualidad, tienen esa característica que personaliza el encuentro y
generalmente, no lo deja en algo abstracto, sino que se transforma en acciones
concretas.
El
artículo escrito por el Congregante Alfonso Marín, fue inspirado en el artículo
«Ayudar a los jóvenes en la búsqueda del sentido de la vida» del R.
P. Guillermo Prieto Salinas, S. J., aparecido en la Revista Mirada
de Junio de 2004. Órgano de difusión del Centro Ignaciano de Espiritualidad,
Guadalajara , México.