SANTA MARÍA, DISCIPULA DEL SEÑOR

El humilde y atento aprendizaje de María, es un motivo de inspiración para seguir fielmente a Jesús Maestro.

«El tiempo de Cuaresma es un camino que los fieles recorren entregados a escuchar más intensamente la palabra de Dios y a la oración. De este modo se convierten en auténticos discípulos de Cristo, siguiendo sus huellas y procurando permanecer fieles al pie de su cruz».

En particular, en María resalta sobremanera su actitud receptiva frente a la palabra de Dios. Cumpliendo en cada momento su voluntad, se acreditó como la mejor alumna del Señor en un aprendizaje fiel y en una entrega total a la verdad salvadora.

Al contemplarla como discípula, escuchamos el eco de las palabras que un día le dedicó Jesús: «Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan». Dichosos los que en este tiempo de reflexión encuentran en María un fuerte motivo de inspiración para seguir fielmente a Jesucristo.

No se puede ser buen discípulo sin una actitud fundamental de atención. María estuvo siempre conectada al deseo de Dios. Jesús valora esta actitud más, incluso, que su condición de madre física.

María sabe que su condición de discípula obediente está por encima de su maternidad biológica, y se goza de que otros se le unan en el cumplimiento de la voluntad de Dios como hermanos y condiscípulos suyos.

No hay discipulado ni aprendizaje posible sin humildad, sin conciencia de los propios límites intelectuales. Al confesar su incapacidad radical para contener la verdad «No conozco varón» y al mismo tiempo su deseo de saber «¿Cómo será eso?», María acredita haberse despojado de soberbia y de incredulidad, haciéndose digna de conocer, de concebir, de poseer a Dios.

La humildad siempre se gana el aprecio ajeno. Mientras que el soberbio se termina en sí mismo, en su ciencia, en su autosuficiencia, el humilde se prolonga hacia los demás y facilita la comunicación, a través de la cual le llegan nuevos dones y conocimientos...

Y si la mente de un alumno así, no comprendiese algunas razones, entra en juego su confianza en el maestro. Por eso, la reacción de María ante el «imposible» de la Encarnación es de absoluta entrega. Donde acaban sus objeciones, empieza el amor. Después de «turbarse» frente a la desmesurada proposición del ángel, se recupera y dice: «Hágase en mí según tu palabra», que no pertenece al discípulo corregir las disposiciones del maestro.

Una segunda cualidad del discipulado es la atención constante. Por eso, María es la mujer que siempre escucha, la que guarda los acontecimientos en su corazón, la que en el Evangelio de Mateo no pronuncia ni una sola palabra, y en el de Lucas, siempre que habla es para decir que sí, después de haber escuchado atentamente las razones de Dios.

Como María, la discípula del Señor, estamos llamados a aceptar su palabra; a leerla e interpretarla a través de los signos de los tiempos y de cuanto personalmente nos ocurra; a ser modestos y sencillos en nuestras intervenciones; a saber aceptar y encajar, sin refugiarnos en falsas seguridades, las muchas perplejidades del momento presente; a no pretender tener soluciones infalibles para todo; a dejarse evangelizar por los que acaso saben menos que nosotros, pero que están más cerca de Jesús porque escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Alabemos al Señor, pues en todas sus obras da muestra de un sabio proceder. Desde que nuestros padres y maestros nos enseñaron a amarlo, toda nuestra vida es un canto de gratitud a su sabiduría. Su verdad nos atrae, sin embargo, desborda la capacidad de nuestro limitado entendimiento. Por eso queremos aprender de María, que atenta y humilde escucha su palabra.

Que por la intercesión de su Santísima Madre, el Señor nos otorgue un corazón abierto y transparente para escuchar sus mensajes en el acontecer, y hacer su voluntad como condiscípulos de Ella.

Desarrollado por el Congregante Mariano Alfonso de Jesús Marín González, inspirado en el libro «Bajo tu amparo» de José María Lorca, de Editorial Covarrubias, Madrid 1994.