SAN
JOSÉ,
ESPOSO
DE
MARIA
19
de marzo
«Este
es el administrador fiel y solícito a quien
el Señor ha puesto al frente de su familia»
La
Liturgia en
honor de San José pone de
relieve las características de este hombre humilde y silencioso
que ocupó un puesto de primer plano en la inserción
del Hijo de Dios en la historia. Descendiente de
David, como dice el Evangelio (Mt 1, 20), emparenta a Cristo con la estirpe de
la que Israel
esperaba al Mesías. Por medio del humilde carpintero
de Nazaret se realiza así la profecía hecha a David:
«Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por
siempre» (2 Sm 7, 16; 1.a
lectura) José no es el padre natural de Jesús porque no
le ha dado la vida, pero es el padre virginal que por mandato
divino cumple, para con él, una misión legal: le
da un nombre, lo inserta en su linaje, le da su tutela y el proveer
su sustento. Esta relación tan íntima con Jesús le
viene de su desposorio con María.
José
es el hombre «justo» (Mt 1., 19) al que ha sido confiada
la misión de esposo virgen de la más excelsa entre
las criaturas
y de padre virginal del Hijo del Altísimo.
Es «justo» en el sentido pleno del vocablo, que indica
virtud perfecta y santidad. Una justicia, pues, que penetra todo su ser mediante
una total pureza de corazón
y
de
vida y
una
total adhesión a Dios y
a su
voluntad.
Todo
esto en un cuadro de vida humilde y escondida como
ninguna, pero resplandeciente de fe y amor. «El justo
vivirá de la fe» .(Rm 1, 17); y José, el «justo» por excelencia,
vivió en grado máximo esta virtud.
Se
nos habla de la fe de Abrahán, presentándola como tipo
y figura de la de José. Abrahán «creyó contra toda esperanza»
que llegaría a ser padre de una gran descendencia
y continuó creyéndolo aun cuando, por obedecer
una orden divina, estaba para sacrificar a su hijo
único.
(cf Rm 4, 13.16 - 18. 22).
José
frente al misterio desconcertante de la maternidad de María creyó en la
palabra del ángel: «la criatura
que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20),
y cortando toda vacilación obedeció a su mandato: «no
tengas reparo en llevarte a María, tu mujer».
Con
más fe que Abrahán, hubo de creer en lo que es humanamente
inimaginable: la maternidad de una virgen y
la
encarnación del Hijo de Dios. Por su fe y
obediencia
mereció
que estos misterios se cumpliesen bajo su techo. Toda
la vida de José fue un acto continuado de fe
y
de
obediencia en las circunstancias más oscuras y
humanamente
difíciles.
Poco
después del nacimiento de Jesús
se le dice: «Levántate, toma al Niño y a su madre y
huye a Egipto» (Mt 2, 13).
Más
tarde el ángel del Señor
le ordena: «Ve a la tierra de Israel». Inmediatamente
José obedece. No demora, no
pide explicaciones ni opone dificultades. Es a la letra «el
administrador fiel y solícito a quien el Señor ha puesto
al frente de su familia» (Lc 12, 42), totalmente disponible
a la voluntad de Dios, atento al menor gesto suyo
y presto a su servicio. Una entrega semejante es prueba
de un amor perfecto; José ama a Dios con todo su
corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas.
Su
posición de jefe de la Sagrada Familia le hace entrar
en una intimidad singular con Dios cuyas veces hace,
cuyas órdenes ejecuta y cuya voluntad interpreta; con
María, cuyo esposo es; con el Hijo de Dios hecho hombre,
a quien ve crecer bajo sus ojos y sustenta con su
trabajo.
Desde
el momento en que el ángel le revela el
secreto de la maternidad de María, José vive en la órbita
del misterio de la encarnación; es su espectador, custodio,
adorador y servidor. Su existencia se consume en
estas
relaciones, en un clima de comunión con Jesús y
María y de oración silenciosa y adoradora. Nada tiene y
nada busca para sí:
Jesús le llama padre, pero José sabe bien que no es su hijo, y Jesús mismo lo confirmará: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49).
María
es su esposa, pero José sabe
que ella pertenece exclusivamente a Dios y la guarda
para él, facilitándole la misión de madre del Hijo de
Dios.
Y
luego, cuando su obra ya no es necesaria, desaparece
silenciosamente.
Sin
embargo, José ocupa en
la Iglesia un lugar importante, pues continúa para con la entera familia de los
creyentes su obra de custodio
silencioso
y providente, comenzada
con la
pequeña
familia de Nazaret.
Así la Iglesia lo venera e invoca como su protector y así lo contemplan los creyentes mientras se esfuerza en imitar sus virtudes. En los momentos oscuros de la vida, el ejemplo de San José es para todos un estímulo a la fe inquebrantable, a la aceptación sin reservas de la voluntad de Dios y al servicio generoso.
Basado
en el libro "Orar con María" de P. Gabriel
editado por Monte Carmelo, Burgos 1987.