¿POR QUÉ CREO EN LA PROVIDENCIA?
¿Por qué creer en un Dios Amor si en el mundo hay tanto sufrimiento y dolor por todos lados? ¿Para qué seguir teniendo fe en Dios cuando a sus seguidores les va mal?
Creo en un Dios
providente porque creo en Cristo Jesús, para quien Dios es y se manifiesta al
mismo tiempo como Padre accesible y Dios libre. Cabe aclarar que «providencia
de Dios» y «Dios providente» son términos que se emplearán indistintamente,
pero su sentido interno será el mismo: Dios que cuida del mundo y de los
hombres, que vela por ellos; que lo habita y trabaja en todo, siempre para bien
de su creación, de todos los hombres.
Cada día me parece más claro que creer en Él es darle la razón en las grandes encrucijadas de la vida. Que lo decisivo de la fe en Él es lo primero: amarle, identificarse con Él, seguirle hasta el punto en que su verdad se haga mi verdad, su camino mi camino, su vida mi vida. Todo lo demás es secundario.
Cuando nuestra fe en Jesús está hecha de amor, de agradecimiento y de seguimiento, la senda tomada por Él en las grandes encrucijadas personales de su vida se nos muestra como la mejor opción que podemos tomar también nosotros.
Podemos hablar de las encrucijadas de la vida, el amor y la muerte; las tres heridas antropológicas con las que todo hombre viene al mundo y se va de él; que no admiten curación y que colocan al hombre ante una elección de cómo vivirlas.
Sin embargo, existe una cuarta herida que, en cierto sentido, atraviesa y contiene las otras tres: ¿estamos solos o existimos ante alguien?, ¿podemos confiar en él o sólo temerlo?, el último fundamento de las cosas y, por lo tanto, también su futuro.
Jesús nos dejó
en los Evangelios, su modo personal de situarse ante estas encrucijadas: de padecerlas
primero y procesarlas después. Recordemos el pasaje cuando al inicio de su vida
pública es tentado en el desierto por el demonio.
¿Por qué no acercarnos a Él y aprender de la forma en que Él las afrontó?
Recordemos también el pasaje que narran Mateo y Lucas en el que Jesús nos invita a la despreocupación por los problemas de la vida, a librarnos de la angustia por la existencia propia, a rebajar el gasto de energías en las cuestiones del yo, tan típica en la actualidad.
Alguien cuida de nosotros y vela por nuestro bien, esa es la razón suprema para liberarnos de la tiranía de la angustia y el miedo. Hay que buscar el Reino de Dios, su justicia, y dejarle lo demás a Él. (Mt 6,25-33; Lc 12,22-31).
Se trata de una visión típica de esta etapa de la vida de Jesús, quien tenía los oídos y el corazón llenos de la tradición en la que Yahvé aparece como el Dios bueno y providente que rige los destinos de Israel y de cada uno de los hombres. Dios es siempre bueno para sus criaturas.
Pero esa visión idílica de la providencia no duró para siempre en Jesús. Es verdadera, pero es parcial, pues no recoge el lado oscuro de la existencia humana. Jesús, al igual que todos nosotros, tuvo que pasar por la prueba, y por eso percibimos que puede ayudarnos (Heb 5,2).
Un segundo pasaje en su vida, indica una evolución en la experiencia de Jesús con respecto a la providencia de su Padre Dios. Es aquel en el que exclama: "¡Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños!" (Mt 11,25; Lc 10,21).
Hay que situar esto que dijo Jesús en un contexto histórico donde Él se hizo consciente de que la cerrazón de los sabios y prudentes de su tiempo con respecto a los misterios del Reino se va a volver contra Él hasta llevarlo a la muerte.
El contexto en que está dicho es de alegría para los pequeños de este mundo, pero también de amenaza y de futura muerte para Jesús. Es frente a ese horizonte cuando Él bendice a Dios, le llama Padre y se identifica con sus planes, haciéndolos suyos; es como si dijera: muy bien, si las cosas van a suceder así, bendito seas.
Más adelante
tenemos, la oración de Jesús en Getsemaní y su grito en la cruz, "Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", el cual añade un nuevo
dramatismo a nuestro tema. Dios nunca abandonó a su Hijo, pero todo sucedía
como si lo hubiera hecho y no se ocupara de su tragedia, como si no lo tuviera
ante sí. Cabe recordar que «tener a alguien ante sí» es el precisamente el
significado de la palabra latina «providere», de la que deriva el término
castellano providencia.
Jesús tiene que vivir su confianza en Dios en el interior de una noche oscura, en la que hablar de un Dios providente podría parecer engaño o invención. Sabemos que Jesús no lo vivió así, que murió confiando a su Padre Dios su propio futuro y el de la causa por la que murió.
¿Qué le ayudó en aquellos momentos terribles a no renegar a Dios cayendo en la más profunda desesperación?
Un teólogo francés recuerda que en el proceso que lleva a la muerte a Jesús, éste arrastra consigo cuatro pasiones, y apunta que no tendremos ni una idea de su sufrimiento, si no las tenemos en cuenta.
La primera es la del dolor físico, horrible sin lugar a dudas;
La segunda es la del honor, la de un hombre bueno y justo, atropellado injustamente;
La tercera es la del corazón, pues sus amigos lo abandonan;
La cuarta es la teologal, la de sentirse abandonado por Dios.
No se visualiza otra respuesta más que ésta: Jesús nos invita a hacer una acumulación de memorias sobre Dios como Padre Nuestro y Padre del mundo. Él mismo se había visto veces envuelto y rodeado tantas veces por su amor, y nos deja como guía, el que esa memoria, impone su fuerza sobre la oscuridad que amenaza con destruirnos.
Podemos concluir, aplicando la enseñanza a nuestra vida cotidiana, que al constatar el amor del Padre, se puede vencer cualquier ataque de contrasentido, de abandono, de desdén...., independientemente de su magnitud.......
Adaptado por el Congregante mariano Alfonso de Jesús Marín González, de un artículo del jesuita español José Antonio García, aparecido en el número 11 de la Revista MIRADA, órgano de difusión del Centro Ignaciano de Espiritualidad., Guadalajara, Jalisco. 2005.