EL PERDÓN CRISTIANO

Volver a Principal

En este artículo se hace un análisis sobre el perdón, siguiendo el libro "Cómo perdonar"  de Jean Monbourquette, Doctor en Psicología por el International College de Los Angeles, y profesor en el Instituto de Pastoral de la Universidad Saint- Paul de Ottawa.

Este autor plantea una serie de pasos para llegar a saber perdonarse realmente, a uno mismo y a los demás, lo cual constituye una innegable fuente de gozo y crecimiento interior.

La importancia del perdón en nuestras vidas

Para descubrir la plena importancia del perdón en las relaciones humanas, intentemos imaginar cómo sería un mundo sin perdón. Estaríamos condenados a elegir una de las cuatro opciones siguientes: perpetuar en nosotros mismos y en los demás el daño sufrido, vivir con resentimiento, permanecer aferrados al pasado o vengarnos. Examinemos cada una de estas opciones.

Perpetuar en sí mismo y en los de más, el daño sufrido

Cuando lesionan nuestra integridad, moral o espiritual, algo sustancial ocurre en nosotros. Una parte de nuestro ser se ve afectada, lastimada, yo diría que incluso mancillada y violada, como si la maldad del ofensor hubiese alcanzado nuestro yo íntimo, como si un virus nos hubiera contagiado.

Nos sentimos inclinados a imitar a nuestro ofensor, en virtud de un mimetismo misterioso, más o menos consciente, por el cual tendemos a mostrarnos malos, no sólo respecto al ofensor, sino también a nosotros mismos y a los demás. La imitación del agresor es un mecanismo de defensa que consiste en un reflejo de supervivencia; la víctima se identifica con el agresor, porque a nivel inconsciente lo considera superior al papel de víctima.

¿Cuántos agresores sexuales y abusadores violentos no hacen más que repetir los abusos que ellos mismos sufrieron en su juventud? No pretendo hablar aquí de la venganza como tal, sino de los reflejos ocultos en el inconsciente individual o colectivo.

Por eso, en el perdón no debemos conformarnos con no vengarnos solamente, sino sobre todo, tenemos que atrevernos a llegar hasta la raíz de las tendencias agresivas desviadas, para extirparlas de nosotros mismos y detener sus efectos devastadores antes de que sea demasiado tarde.

Un misionero en África, comentaba que vivió en países que durante muchos años fueron oprimidos por una nación extranjera, pero que, una vez que se independizaron, empleaban con otros pueblos las mismas tácticas inhumanas que ellos mismos tuvieron que soportar en tiempos de opresión.

Vivir un resentimiento constante

Muchas personas viven con un dolor insoportable debido a un gran resentimiento. Es el caso de los divorciados que, después de mucho tiempo de separación, siguen alimentando resentimiento hacia su excónyuge.

Algunas reacciones emotivas desmesuradas no son más que la reactivación de una herida del pasado mal curada. El resentimiento, esa cólera camuflada que sigue viva en el corazón, tiene efectos nefastos para la salud: es el origen de varias enfermedades psicosomáticas. La tensión sufrida por la hostilidad constante del resentimiento puede afectar al sistema inmunitario, siempre en estado de alerta, que ya no tiene la fuerza necesaria para luchar con los virus enemigos. La artritis, la esclerosis, la diabetes etc., son ejemplos de un sistema inmunológico deficiente.

Entenderemos mejor lo que ocurre en nuestro interior, si tenemos presente la diferencia entre resentimiento y cólera.

Mientras que la cólera es una emoción sana en sí misma, que desaparece una vez expresada, el resentimiento y la hostilidad se instala por tiempo indefinido como actitud defensiva, siempre alerta contra cualquier ataque imaginario o real.

Entre las mejores estrategias defensivas contra los efectos nocivos del resentimiento, la mayoría de los especialistas coinciden en que la práctica habitual del perdón es un remedio muy eficaz.

Permanecer aferrado al pasado

La persona que no quiere perdonar no disfruta de la vida. Si se aferra al pasado con obstinación, echa a perder el presente, y el futuro está cerrado y es amenazador. Dicho de otro modo, para esa persona el pasado es el presente. Ante su incapacidad de perdonar, su vida se paralizó. Ya no hay nuevos vínculos afectivos, ni riesgos estimulantes ni nuevos proyectos. La vida se ha atorado en un rincón del pasado.

Vengarse

Sin duda alguna, la venganza es la respuesta instintiva y espontánea a la afrenta. Otro especialista afirma que intentar compensar el propio sufrimiento infligiéndoselo al ofensor, supone reconocer que el sufrimiento posee un alcance mágico que dista mucho de tener.'

La venganza produce un gozo narcisista y extiende un bálsamo efímero sobre la herida personal sufrida. Pero ¿a costa de qué? Es una satisfacción patológica.

La venganza, es una especie de "justicia" que proviene de los demonios de nuestro inconsciente en sus capas más primitivas. La violencia desata tormentas de violencia que causan daños incontables en el terreno de las relaciones humanas. Por eso, hay que insistir en una actitud de perdón, que oriente los impulsos vengativos hacia una convivencia humana entre nuestros semejantes. La decisión de no vengarse es el primer paso en el camino del perdón.

Desenmascarar las falsas concepciones del perdón

En el camino del perdón, encontraremos muchos obstáculos, que es necesario saber reconocer, para llegar a ese momento maravilloso en que se produce el milagro del perdón.

Por eso, es necesario denunciar algunas falsas concepciones que se han elaborado sobre el perdón, o su práctica, con el fin de poder evitar los obstáculos de orden psicológico y espiritual: los desalientos, las injusticias, las ilusiones espirituales y sobre todo, las traiciones a nosotros mismos y los bloqueos en el crecimiento humano y religioso.

Estamos inmersos en una cultura cristiana en la que algunos valores tan importantes, como lo es el perdón están contaminados de falsedad por la falta de un discernimiento profundo. Es una verdadera pena que esto ocurra, ya que el perdón, es parte central de las enseñanzas de Jesús.

Perdonar no es olvidar

¿Cuántas veces hemos escuchado a personas decir: "No puedo perdonarle, porque no puedo olvidar la ofensa? O también: olvídalo todo, pasa la página, sigue tu vida".

Si perdonar significa olvidar, ¿qué ocurriría con las personas dotadas de buena memoria? No podrían perdonar. Más aún, el proceso del perdón exige una buena memoria y una conciencia lúcida de la ofensa, si no, no es posible la cirugía del corazón que el perdón requiere. Es una equivocación pensar que olvidar la ofensa es señal de perdón, porque el mismo perdón ayuda a curar la memoria, y el recuerdo de la ofensa pierde sus nefastos efectos.

Perdonar no significa negar la ofensa

Cuando se recibe un golpe duro, una de las reacciones frecuentes es negar el dolor y la emergencia de emociones negativas. Esta reacción defensiva, si llega a negar la ofensa y si persiste el reflejo de defensa, puede ser contraproducente.

Lo que sucede es que la persona adolorida se sentirá tensionada sin saber por qué. Con frecuencia, ni siquiera experimentará la necesidad de sanar y todavía menos la de perdonar. Es evidente que la alquimia del perdón no podrá producir sus efectos, mientras la persona se niegue a reconocer la ofensa con su secuela de sufrimiento.

La persona ofendida no debe ignorar ni su vergüenza ni su cólera, sino que debe encontrarles modos de expresión aceptables, debe respetar su emotividad.

Perdonar requiere más que un acto de voluntad

Veamos un ejemplo muy conocido en las escuelas primarias: Dos chicos se pelean, la maestra los llama y les pide que se perdonen dándose un apretón de manos, y ya todo quedó arreglado.

¿No se basa nuestra idea primera del perdón en experiencias infantiles?, algo así como una fórmula mágica para corregir todos los agravios, sin ninguna consideración hacia la vivencia emocional del niño. El perdón quedaba reducido a un simple acto de voluntad, capaz de resolver todos los conflictos de un modo instantáneo y definitivo.

El perdón lo pronunciaban los labios, pero no el corazón. El error consiste en hacer del perdón un simple acto de la voluntad y no un proceso, más o menos largo en función de la herida y reacciones del ofensor y los recursos del ofendido. Por supuesto, la voluntad debe cooperar en el proceso del perdón, pero no lo realiza por sí sola; hay que movilizar otras instancias de la persona: la sensibilidad, el corazón, la inteligencia, el juicio, la imaginación y la fe.

Perdonar no puede ser una obligación

El perdón es un acto libre o no existe. ¿Qué pensaríamos de las personas que obligan a la gente a perdonar libremente? Es como las mamás que obligan a sus hijos a estudiar libremente.

Reducir al perdón a una obligación moral es quitarle su carácter gratuito y espontáneo. Citaré un párrafo del libro de Jean Monbourquette:

"Una prueba de las más flagrantes es que los cristianos recitan cada día el Padre nuestro, pero no siempre conscientes de dar una falsa interpretación al "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden"

Esta interpretación asimila el perdón a un acto de justicia exigida. Creen que deben necesariamente hacer un gesto de perdón, antes de poder ser perdonados por Dios, olvidando que el perdón de Dios no está condicionado a los «pobres» perdones humanos. ¡Qué imagen tan mediocre tienen de Dios! La de un ser calculador y un mercachifle sometido a la ley del toma y daca".

Es probable que los antecedentes del concepto del perdón de Dios, como justicia retributiva, se encuentren en el evangelio de Mateo, donde dice: "pues, si perdonáis a los hombres las ofensas, vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros; pero, si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mt 6,14-15).

Algunos exegetas explican, que esta orientación de Mateo, se dirigía a un auditorio imbuido en la Ley del Antiguo Testamento. Aún cuando en otros textos se afirma claramente la gratuidad de la salvación, Mateo habría desarrollado una línea de pensamiento rabínico, dominado por el espíritu legalista, y este pensamiento es el que aparece en su concepto de perdón.

El mismo autor sugiere e invita a recitar o al menos interpretar las palabras: Perdona nuestras ofensas, como en el sentido de las palabras de Pablo: "como el Señor os ha perdonado, así también haced vosotros" (Col 3, 13). En la misma línea, se puede usar, en vez de "Perdona nuestras ofensas", la siguiente fórmula: Perdona nuestras ofensas, para que nosotros podamos también perdonar a los que nos han ofendido.

Perdonar no significa sentirse como antes de la ofensa

Muchas personas confunden el perdonar con el reconciliarse, que quiere decir seguir como antes. Como si el acto de perdonar consistiese en seguir teniendo unas relaciones como antes de la ofensa. El perdón en sí mismo no es sinónimo de reconciliación, porque puede tener su razón de ser sin que ésta exista. Por ejemplo, cuando se trata de ciertos casos de abuso o violencia, se aconseja a la víctima poner término a la relación con su agresor para protegerse, lo cual no significa que haya que excluir el perdón.

Perdonar no exige renunciar a nuestros derechos

Perdonar no significa renunciar a los derechos propios y a que se haga justicia. Pensemos en los malhechores, por ejemplo, en los agresores sexuales.

La justicia se ocupa de restablecer sobre una base objetiva los derechos de la persona perjudicada; el perdón responde más bien a un acto de benevolencia gratuita, que no significa que se renuncie a la aplicación de la justicia.

El perdón que no combate la injusticia, lejos de ser un signo de valor, lo es de debilidad y de falsa tolerancia, e incitaría a la perpetuación del crimen.

Perdonar al otro no significa disculparlo

¿Cuántas veces hemos oído frases como ésta: te perdono, porque no fue tu culpa?

Perdonar no significa descargarle al otro de toda responsabilidad. Se aducen muchas "razones", como la herencia, la educación, la cultura ambiental etc; pero, si así fuera, casi nadie sería responsable de sus acciones, por falta de libertad suficiente. Estar seguro de que el ofensor no es responsable de sus actos implica que, si no es estúpido, al menos es tonto. Es frecuente que esta excusa falsa lleve un matiz de desprecio por el agresor, lo que significaría que el ofensor no es lo suficientemente listo para ser responsable de lo que hizo.

Perdonar no es una demostración de superioridad moral

El perdón puede ser un gesto muy sutil de superioridad moral; bajo una apariencia de benevolencia y magnanimidad, se puede esconder un gran desprecio por la persona ofensora. ¿Cómo explicar que en ocasiones se perdona, intentando dar una imagen de grandeza? ¿No será que trata de ocultar su dolor y honda humillación? Creo que se trata de ocultar su humillación, con gestos de generosidad y misericordia. Hacer esto, es una caricatura del auténtico perdón. El verdadero perdón nace de la humildad del corazón. Mientras que el falso perdón sólo sirve para humillar al ofensor. Es una especie sutil de venganza.

Perdonar no consiste en traspasarle la responsabilidad a Dios

"El perdón sólo corresponde a Dios". Esta máxima se ha interpretado como si el ser humano no tuviera nada que ver con el acto del perdón. La aportación humana al perdón, por humilde que sea, tiene gran importancia, y sería un mal pretexto, para descargar nuestra responsabilidad en Dios. Dios no hace por nosotros lo que corresponde a nuestra iniciativa humana.

Debemos asumir nuestras heridas por penosas que sean. Naturalmente, esto no quiere decir que no acudamos a Dios, como un factor esencial en el perdón, pero creo que debemos prepararnos en el plano humano, para obtener la gracia del perdón. Recordemos, finalmente, que, si bien emprender la vía del perdón verdadero exige mucho valor, evitar ceder a los espejismos de los falsos perdones no requiere menos.

Práctica cristiana del perdón

Dios mantiene siempre la iniciativa en el perdón, del mismo modo que es el único que toma la iniciativa en el amor.

El perdón no es acto de la voluntad que dependa exclusivamente de uno mismo y que deba aplicarse en nombre de algún precepto o ley, sino que es, ante todo, fruto de una conversión del corazón, de la apertura a la gracia de perdonar. Esta conversión, aun cuando en algunos casos puede ser inmediata y espontánea, normalmente no nace madura y evoluciona durante un período de tiempo más o menos largo.

No habría más que releer la parábola del deudor insolvente (Mt 18,23-35); en la que un amo decide perdonar una gran deuda a uno de sus deudores, pero este último no se muestra tan clemente con un pobre que a su vez le debía una pequeña cantidad. Ya sabemos el resto de la historia: el amo, al enterarse de la dureza y la severidad del deudor insolvente, lo hace encarcelar hasta el pago total de la deuda.

Hay dos aspectos de esta parábola que merecen destacarse en relación con el perdón. Por un lado es el amo-Dios, en este caso- quien toma la iniciativa de hacer el gesto misericordioso. Por otro, el deudor privilegiado no se deja conmover ni influenciar por la generosidad del acreedor, lo que, por supuesto, le habría llevado a perdonar a su propio deudor, magnanimidad que no mostró. No acogió en profundidad el perdón de su amo, permitiendo que lo transformara y lo hiciera capaz de tener un gesto de clemencia análogo, de modo que se condenó a sí mismo.

Es el misterio de la libertad humana, que puede llegar hasta el rechazo de la gracia. Es preciso añadir que Dios, pese a su iniciativa de conceder el perdón, no puede forzar a acogerlo, pero sin duda, a diferencia del amo de la parábola, Dios se mostrará más paciente y sabrá esperar el momento favorable para la apertura de corazones, incluso de los más recalcitrantes.

Recordemos también que el núcleo de la predicación de Jesús es el perdón. El fue criticado por buscar a los publicanos y pecadores (Lc 7, 36-50). Él es el que busca a la oveja extraviada y, como señal de perdón, la carga en sus hombros (Lc 15, 4-7), Él es el que nos muestra lo misericordioso que es el Padre con el hijo pródigo (Lc 15, 11-32). La mujer sorprendida en adulterio es perdonada por Jesús (Jn 8, 3-11).

Jesús nos invita a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso, dándonos el más grande ejemplo de perdón de toda la historia, al perdonar a sus verdugos.

El perdón es lo que nos hace más semejantes a Dios, y en perdonar es en lo que se ocupa más Dios.

Planteamiento del P. MAURILIO FRANCO PÉREZ, MISIONERO DE GUADALUPE, Incluido en el artículo “El Perdón Cristiano” aparecido en la Revista Kyrios, Órgano de difusión del Centro de Investigación y Entrenamiento en Pastoral CIEP. Referencia: Jean Monbourquette, «Cómo perdonar», Editorial . Sal Térrea, Santander, 1995.