El
papel que Dios en su plan de salvación confió a María
ilumina la vocación de la mujer en la vida de la Iglesia y de la sociedad,
definiendo su diferencia con respecto
al hombre. En efecto, el modelo que representa María muestra
claramente lo que es específico de la personalidad femenina.
En
tiempos recientes, algunas corrientes del movimiento
feminista, con el propósito de favorecer la emancipación de
la mujer, han tratado de asimilarla en todo al hombre. Pero
la intención divina, tal como se manifiesta en la creación, aunque quiere que
la mujer sea igual al hombre por su dignidad y su valor, al mismo tiempo afirma
con claridad su diversidad y su carácter
específico. La identidad de la mujer no puede consistir en ser una copia del hombre, ya que está dotada de
cualidades y prerrogativas propias, que le confieren una peculiaridad autónoma, que siempre ha de promoverse
y alentarse.
Estas
prerrogativas y esta peculiaridad de la personalidad
femenina han alcanzado su pleno desarrollo en María. En
efecto, la plenitud de la gracia divina favorecía en ella todas
las capacidades naturales típicas de la mujer.
El
papel de María en la obra de la salvación depende totalmente
del de Cristo. Se trata de una función única, exigida
por la realización del misterio de la Encarnación: la maternidad
de María era necesaria para dar al mundo el Salvador,
verdadero Hijo de Dios, pero también perfectamente
hombre.
La
importancia de la cooperación de la mujer en la venida de Cristo se manifiesta
en la iniciativa de Dios que, mediante
el ángel, comunica a la Virgen de Nazaret su plan de
salvación, para que pueda cooperar con él de
modo consciente
y libre, dando su propio consentimiento generoso.
Aquí
se realiza el modelo
más
alto de colaboración responsable
de la mujer en la redención del hombre -de
todo
el hombre-, que constituye la referencia trascendente para
toda afirmación sobre el papel y la función de la mujer en
la historia.
María,
realizando esa forma de cooperación tan
sublime,
indica también el estilo mediante el cual la mujer debe
cumplir concretamente su misión.
Ante
el anuncio del ángel, María no muestra una actitud
de reivindicación orgullosa, ni busca satisfacer ambiciones
personales. San Lucas nos la presenta como una
persona
que sólo deseaba brindar su humilde servicio con total
y confiada disponibilidad al plan divino de salvación. Este
es el sentido de la respuesta: "He aquí la esclava del Señor; hágase en
mí según tu palabra" (Lc 1,38).
En
efecto, no se trata de una acogida puramente pasiva, pues da su consentimiento sólo
después de haber manifestado
la dificultad que nace de su propósito de virginidad, inspirado
por su
voluntad
de pertenecer más totalmente al Señor.
Después
de haber recibido la respuesta del ángel, María expresa
inmediatamente su disponibilidad, conservando una actitud
de humilde servicio.
Se
trata del humilde y valioso servicio que tantas mujeres,
siguiendo el ejemplo de María, han prestado y siguen prestando
en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.
La
figura de María recuerda a las mujeres de hoy el valor
de la maternidad. En el mundo contemporáneo no
siempre
se da a este valor una justa y equilibrada importancia.
En algunos casos, la necesidad del trabajo femenino para
proveer a las exigencias cada vez mayores de la familia,
y un concepto equivocado de libertad, que ve en el cuidado
de los hijos un obstáculo a la autonomía y a las posibilidades
de afirmación de la mujer, han ofuscado el significado
de la maternidad para el desarrollo de la personalidad
femenina. En otros, por el contrario, el aspecto de la generación biológica
resulta tan importante, que impide apreciar
las otras posibilidades significativas que tiene la
mujer
de manifestar su vocación innata a la maternidad.
En
María podemos comprender el verdadero significado
de la maternidad, que alcanza su dimensión más alta en el plan divino de
salvación. Gracias a ella, el hecho de ser
madre no sólo permite a la personalidad femenina, orientada
fundamentalmente hacia el don de la vida, su pleno desarrollo,
sino que también constituye una respuesta de fe a
la vocación propia de la mujer, que adquiere su valor más verdadero sólo a la
luz de la alianza con Dios.
Contemplando
atentamente a María, también descubrimos
en ella el modelo de la virginidad vivida por el Reino.
Virgen por excelencia, en su corazón maduró
el deseo
de vivir en ese estado para alcanzar una intimidad cada
vez más profunda con Dios.
Mostrando
a las mujeres llamadas a la castidad virginal el alto significado de esta vocación
tan especial, María atrae
su atención hacia la fecundidad espiritual que reviste en el plan divino: una
maternidad de orden superior, una maternidad
según el Espíritu.
El
corazón materno de María, abierto a todas las miserias humanas, recuerda también
a las mujeres que el desarrollo de la personalidad femenina requiere el
compromiso en favor de la caridad. La mujer, más sensible ante los valores del
corazón, muestra una alta capacidad de entrega personal.
A
cuantos en nuestra época proponen modelos egoístas para la afirmación de la
personalidad femenina, la figura luminosa
y santa de la Madre del Señor les muestra que sólo a
través de la entrega y del olvido de sí por los demás se puede
lograr la realización auténtica del proyecto divino
sobre
la propia vida.
Por
tanto, la presencia de María estimula en las mujeres
los sentimientos de misericordia y solidaridad con respecto
a las situaciones humanas dolorosas, y suscita el deseo de aliviar las penas de quienes sufren: los pobres, los enfermos
y cuantos necesitan ayuda.
En
virtud de su vínculo particular con María, la mujer, a lo largo de la
historia, ha representado a menudo la cercanía de Dios a las expectativas de
bondad y ternura de la humanidad
herida por el odio y el pecado, sembrando en el mundo
las semillas de una civilización que sabe responder a
la violencia con el amor.
Tomada
de la catequesis
dictada durante la Audiencia General del 6 de diciembre de 1995,
de S.S. Juan
Pablo
II,
aparecida en L'Osservatore Romano
del 8 de diciembre del mismo año.