LA NUEVA ACCIÓN DE DIOS EN EL MUNDO
EL SUCESO DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Al desgarrante grito de abandono que salió de la boca de Jesús en la cruz:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

el cual resume todas las situaciones de aflicción de la humanidad, responde en la noche del sábado santo y en el día de Pascua un gozoso grito de fe y de esperanza ¡Cristo ha resucitado!.

Es un grito:

La resurrección de Jesús, en efecto, no es como la de Lázaro (narrada en Juan 11), que había vuelto por poco tiempo junto a los suyos; es una nueva acción de Dios, que nunca podríamos imaginar con nuestra mente o nuestra fantasía, como no podemos imaginar la increíble realidad que Dios hará de nosotros a nuestra muerte y en el momento de nuestra resurrección.

Se trata de una acción de Dios sobre Jesús y sobre nosotros, tal que la muerte ya no tendrá ningún poder.

La certeza de ese grito de gozo, proclama que todo abismo de mal del mundo ha sido tragado por un abismo de bien, que cada muerte tiene ya su contrapeso de vida, que cada crisis tiene ya su superación y que cada tristeza tiene ya su alegría.

Nuestra existencia humana se inclina a achicar las esperanzas, a reducirlas de día en día frente a las desilusiones, y nuestra tristeza nos lleva muchas veces a rechazar palabras de consuelo, porque no tenemos una idea exacta de la liberación traída por Jesús resucitado.

El Resucitado ha inaugurado verdaderamente un mundo nuevo, que entra en medio de nosotros en cuanto la Pascua es una nueva creación de la humanidad. La resurrección de Jesús es un hecho histórico, de significado cósmico, es el comienzo de la transformación global del mundo; es un hecho significativo, que marca una época porque transforma el sentido de la historia y le indica su verdadera dirección.

Un hecho único y que al mismo tiempo revela una espera constante y universal, escrita en el corazón de todo ser humano. Algo nunca antes acontecido, un hecho similar de fe en la resurrección definitiva y gloriosa de un hombre del que ha sido documentada su vida, su muerte y su sepultura.

Son muchos los hombres, en el correr de los siglos que hubiéramos deseado que siguieran viviendo. Y sin embargo, solamente de Jesús de Nazaret, los discípulos, y también sus adversarios, han afirmado haberlo encontrado resucitado y han creído que vive ahora en la plenitud de la vida divina mientras está junto a nosotros con la potencia de su Espíritu.

Un hecho extraordinario, pero que manifiesta una ley universal. Revela que la resurrección de Cristo responde a las intuiciones, a las esperanzas de un destino humano abierto al futuro, viene al encuentro de nuestro deseo de que la muerte no sea la última palabra de la vida, que el recibir una piedra sepulcral no sea el último acto de nuestra existencia.

Esta secreta premonición, esta irrenunciable esperanza pertenece a la historia de los hombres, está en el corazón de todos y de cada uno; cada persona humana, prescindiendo de la fe religiosa, vive una suerte de acto de esperanza en su propia permanencia después de la muerte, y lo vive y lo cumple en la manera de la libre aceptación, de la confianza, o bien del escepticismo. Pero el acto de confianza en nuestra propia supervivencia, aunque sea correcto, se reduce a un dirigirse hacia un futuro incierto; y cuando es negado nos hace encerrarnos en nosotros mismos, nos deja insatisfechos, casi desesperados.

Es la explosión histórica de la noticia de que Dios ha resucitado y se le apareció a los suyos, la que transforma las ansias humanas en una luz fulgurante que nos permite ver en Él la primicia de nuestra resurrección, la certeza de una vida que nunca acabará.

En el Resucitado está glorificado un fragmento de historia, de cosmos, como signo y comienzo del destino del género humano y del cosmos todo, del ser humano llamado a formar el gran cuerpo de la humanidad resucitada en Cristo.

La resurrección de Jesús tiene por tanto, el sentido para la existencia humana, de un definitivo ser salvada, obra de Dios y frente a Él.

Es verdad que en el nuevo horizonte derivado de la resurrección de Cristo todavía está presente el sufrimiento, la hostilidad, la fatiga, la violencia, la guerra, por lo que nos preguntamos: ¿Dónde está el cambio que dicen ha traído el Resucitado? La respuesta es simple: la Pascua de Jesús no nos lleva automáticamente al reino de los sueños; nos lleva al corazón para hacernos recorrer con gozo y esperanza ese camino de purificación y de autenticidad, de verificación de nuestro comportamiento, que tiene como punto de llegada la certeza de una vida que ya no muere.

La Pascua no nos devuelve a un mundo irreal, sino a una existencia de fe, de esperanza, de amor: una fe que es fuente de gozo y de paz interior, una esperanza que es más fuerte que las desilusiones, un amor que es más fuerte que todo egoísmo. El Resucitado está con nosotros y, junto a Él, estamos capacitados para vencer al mal con el bien, para extraer del mal el bien más grande. Ésta es la fuerza y la novedad de la Pascua. La narración de la resurrección de Jesús

Nadie ha sido testigo de la resurrección de Jesús; nadie estaba presente en el momento en que salió del sepulcro. El evangelista Marcos cuenta que Jesús, después de muerto, fue sepultado en una tumba excavada en la roca. A esta tumba se dirigen, pasado el sábado, algunas mujeres que quieren embalsamar el cuerpo del Señor. Llegan al sepulcro al despuntar el sol, pero descubren con sorpresa que la gran piedra que cubría la entrada de la tumba había sido removida. Entran y ven a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, que les dice:

"No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde lo habéis puesto. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis como os dijo" (Mc 16, 6-7).

Como los demás evangelistas, Marcos se preocupa de narrar los hechos y las palabras; no agrega nada suyo. Por lo anterior, alguien podría objetar: ¿será verdad lo que ha dicho? ¿La resurrección de Jesús no podría ser una leyenda?.

En realidad se posen testimonios históricos irrefutables que atestiguan las apariciones de Jesús resucitado. Los cuatro evangelios describen los encuentros con el Resucitado, subrayando que Él vive aun entre nosotros.

El evento de la Pascua, pide a los cristianos que sean personas capaces de decir a la humanidad: No temas, no llores. Ahora sabes a dónde conduce el camino de la vida, ahora sabes que tu Señor está contigo.

No debemos olvidar que el Resucitado es por siempre el Crucificado y está frente al Padre como aquel que ha pasado por amor a través de la pasión y de la muerte de cruz.

El Resucitado, en efecto, cuando se apareció a los apóstoles "les mostró sus manos y su costado" traspasados, como sabemos por Juan, 20, 19-29. Y volviendo con ellos después de ocho días, al apóstol Tomás, que en la primera aparición de Jesús no estaba presente y se negaba a creer le dice:

"Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente."

El misterio pascual comprenderá inseparablemente, por toda la eternidad, la muerte y la resurrección, porque Dios ha elegido salvarnos así, se ha manifestado amigo del hombre a través del amor crucificado del Hijo, se ha despojado en el Hijo que se hizo pobre para manifestar su amor por nosotros.

A la pregunta antigua y nueva del hombre: ¿Qué habrá después de la muerte?, la fe cristiana no contesta asegurando simplemente que todo continuará después del fin de los tiempos, que todo nos será devuelto: sería una respuesta incompleta. La fe cristiana afirma que la eternidad, la vida nueva, verdadera y definitiva ha entrado ya en mi experiencia con la Pascua de Cristo, es vivida por mí aquí y ahora en la perdurabilidad de mis gestos (de fidelidad, de paz, de amor, de perdón, de amistad, de honestidad, -de libertad responsable, etc.)

Son gestos en que el hombre supera, en el tiempo, al tiempo, alcanzando la eternidad, en la medida en que se confía a la vida y a la eternidad del Crucificado Resucitado que ha vencido a la muerte. La Resurrección de Jesús no es sólo lo que nos espera después de la muerte; es un hecho pascual presente, que se realiza día tras día en aquel que cree y que espera, que sufre y que ama, que se de­ja guiar por la Palabra en lo cotidiano para seguir a Jesús, quien, mediante su pasión y muerte, cumple el paso de este mundo al Padre.

Cada vez que tomamos valerosamente una buena decisión, interiorizamos la eternidad gracias a la eternidad de Jesús que ha entrado entre nosotros. Podemos así rescatar la angustia del tiempo sabiendo que nuestros actos, depositados en la plenitud del cuerpo de Cristo resucitado, tienen valor definitivo.

Alcanzamos, de alguna manera, a entender acá el drama de comportamientos no éticos, porque también en ellos se realiza lo irrevocable. Pueden ser actos realizados por el hombre por ligereza, por inconsciencia, y entonces son rescatados por las fatigas y los dolores que toda vida incluye. Pero pueden ser actos que abarcan a la persona en su totalidad, que la "fijan" en el mal, en el rechazo de Dios y de los hombres.

De tales actitudes globales negativas el hombre se salva sólo por la gran potencia del Crucificado Resucitado. Y si hubiese situaciones de rebelión permanente y obstinada hacia Dios, el Resucitado nos deja de todos modos esperar, contra toda esperanza, la conversión por la misericordia de Dios que es infinita.

Porque a fin de cuentas, Dios es el Padre que nos ama primero, que se entrega a nosotros en Jesús incluso antes de toda espera y esperanza humanas, que nos perdona gratuitamente; Dios es aquel de quien viene todo, de quien todo depende, a quien todo tiende y todo retorna.

Basada en algunas reflexiones incluidas en el libro “Reencontrarse a sí mismo” de Carlo María Martini editado por Grupo Editorial Lumen, Buenos Aires, Argentina 2003