Antropólogos,
historiadores y nahuatlatos están de acuerdo en reconocer que la imagen pintada
en la tilma de Juan Diego es un amoxtli
o
"códice indio", al estilo de los que ellos usaban para consignar sus
crónicas políticas o sus saberes cosmogónicos y teogónicos. Se trata de
superficies de piel de venado o de papel ámate, hecho de corteza macerada de
maguey o de pulpa vegetal, plegado a modo de pequeños biombos con cubiertas de
madera en los extremos. Sobre una imprimación de yeso o de otra pintura blanca
escribían según su propia "gramática".
En
el códice se emplea la imagen, que no es un simple "retrato de la
realidad", sino una idea o grupo de ideas. Los aztecas y mayas escribían
con jeroglíficos, cuya significación era conocida por todos o por lo menos por
la clase culta, sacerdotal y política: parte, eran pictogramas que
representaban sintéticamente las cosas reales, parte, eran signos de un
incipiente alfabeto fonético.
A
estos elementos gráficos y fónicos, se añadían los colores, cada cual con la
propia significación, los símbolos de dioses, ciudades y reyes, las cifras
numerales para situar el relato en el tiempo. De la combinación de estos
diversos elementos nace la "gramática" con la que se expresaban en
sus "códices". Del conjunto se tenía un texto legible que era
completado por las tradiciones orales transmitidas según cánones fijos por
procesos mnemotécnicos muy precisos, enseñados a los niños desde el calmecac
o
escuela. Así podían conservar la memoria de sus reyes, pueblos y acciones épicas
de dioses.
La
lengua era polisintética, podía expresar diversas ideas sin nuevas palabras, añadiendo
sólo raíces o sufijos. Análogamente, acumulaban diversos significados en una
sola imagen.
Por
ejemplo, la palabra "tetlaceliliztli",
que
traduce el concepto de sacramento, maneja una composición que añade matices:
Tenemos
el verbo «celilia»"
que
significa recibir, albergar;
El
afijo «te»,
que
indica persona, y
El
afijo «tla»
que
indica cosas u objetos;
Así
«tetlaceliliztli»
se
puede traducir como “recepción de algo que es también Alguien".
Un
códice no se lee, sino que se interpreta, se traduce, es medio de comunicación
de una cultura diferente. Había que memorizar las palabras de los autores.
La
Virgen eligió un "códice" para su mensaje, adaptándose a la
mentalidad y cultura aztecas.
Miguel
Cabrera, el pintor novohispano escribe en 1756:
«el
habernos dejado nuestra dulcísima Madre esta milagrosa memoria, este bellísimo
retrato suyo, parece que.
fue el adaptarse al estilo o lenguaje de los indios; pues como sabemos, no conocían
ellos otras escrituras que las expresiones simbólicas o jeroglíficos de pincel»
«Ometeótl
= Dios», al hacerse «tlacuilo
=
escriba», supo crear una obra maestra. Se trata de un "evangelio pictórico":
«proclama la Buena Nueva de Cristo a partir de la venerada "antigua regla
de vida" de sus antepasados, y ¡no cambiándola, sino dándole plenitud!
(Mt 5,17)».
Comentemos sobre algunos aspectos particulares
Su
rostro:
el
rostro es el de una jovencita, apenas salida de la adolescencia, ni india, ni
española, sino mestiza, un rostro mexicano o, mejor, hispanoamericano. En un
momento en que aún no las había de esa edad y en que ni indios ni españoles
aceptaban el fruto de su unión, sino que lo despreciaban -eran en realidad los
primeros mexicanos e hispanoamericanos-, fue el arquetipo biológico que adoptó
la Madre de Ometeotl para manifestar ya desde su rostro su misión y función: «...Daré
todo mi amor... porque yo en verdad soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos
los que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de
hombres, mis amadores...» (Nican Mopohua vv.28-31).
Un rostro en el que cada uno de los progenitores, el español y la india o viceversa, puede reconocer, ennoblecido, un tercer rostro, con perfil propio y original, ya no español, ni indígena, sino un rostro, síntesis del viejo mundo -semítico, ibérico, romano, godo y africano-, y del nuevo mundo -indio americano, fuertemente emparentado con Asia y África-. Recientemente alguien observó a una pareja mexicana muy joven, en visita a la Virgen de Guadalupe, en el Santuario del Tepeyac:
- "Mira bien su rostro", le decía el joven a su novia; "es como el tuyo y como el mío". Y se quedaban extasiados mirándola.
¡Esta
es la grande obra de Tonantzin Guadalupe, la Madre de todos, en México y en
toda América! Es el grado supremo de inculturación y la sabia ley ya enunciada
por Pablo: «me
he hecho todo para todos: griego con el griego, judío con el judío, gentil con
el gentil; me he hecho todo a todos para ganarlos a todos para Cristo»: La
Virgen María se ha hecho india con la india y con el indio.
Los
obispos de América Latina en Puebla escribieron una página memorable:
«El
Evangelio, encarnado en nuestros pueblos, los congrega en una originalidad histórica
cultural que llamamos América Latina. Esa identidad se simboliza muy
luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe, que se yergue al
inicio de la evangelización»
(n.
446).
Hay también «jade y pluma preciosa» en la imagen, símbolo de belleza y riqueza para los indios. El jade del pequeño broche que la Señora lleva en el pecho, como las estatuas de los dioses, representa su propia alma. Es una cruz potentada en la que se repite la síntesis cristiana de la cruz cristiana y la cruz indígena. Y hay plumas de ave preciosa en las alas del ángel que lleva a la Señora, la pluma preciosa de quetzal, llamada por los aztecas «sombra de Dios».
El
manto azul
tachonado
de estrellas: la "xiuhtilmatli
" o tilma
de turquesa, es propia de los más altos "tlatoanime"
o nobles
y príncipes, y del Dios Huitzilopochtli,
porque
el Huilhuícatl
xoxouhqui o "cielo
azul" era el séptimo de los trece cielos, donde él residía y ése era el
nombre de su templo en Tenochtitlán.
Las
estrellas
que
en él brillan traían a la mente india el recuerdo de Citlahlinícue
o "La
diosa de la falda de estrellas", otro nombre de Ometéotl
bajo
un toque materno.
El
cielo azul oscuro y estrellado
es
el cielo nocturno, asociación de Yohualli
Ehecatl o "noche
viento", es decir, "El Invisible, el Impalpable", otro de los
nombres de Ometeotl, lo que en lenguaje filosófico llamaríamos trascendencia,
que no puede verse ni tocarse, pues está más allá de la realidad visible.
El
cinturón negro
representa
el cinto de Coatlicue,
cuyo color
era el negro: Tecolliqueuqui,
"La
que está vestida de negro", otro nombre de Ometéotl.
El
resplandor del sol:
al
aspecto nocturno se sobrepone el diurno, pues la Señora está vestida de sol, más
aún, está preñada del sol, como puede verse por la flor solar sobre la matriz
el ollín,
la
florecita de jazmín de cuatro pétalos, y por la colocación de la cinta que la
ciñe y por la intensidad de los resplandores que crece en la cintura. No es sólo
sol astronómico, es una aurora de sol distinto en el momento de despuntar: es
lo que significa "Tonatiuh",
"El
que va brillando", y
"Citlallatónac"
o "Astro
que hace lucir todas las cosas". Como se sabe, el sol es otro de los
nombres de Ometéotl
símbolo
suyo.
El
Ángel
que
sostiene con los brazos abiertos a la Señora es una suerte de atlante indio.
Representa a Cuauhtehuámitl
o "Aguila
que asciende", sostiene a la Cihuapilli
saliendo
él de una nube. Sus alas con plumas de tres colores, azul verdoso, blanco
amarillento y rojo, son también colores sagrados. Es una suerte de
"serpiente emplumada" o Quetzalcóatl, con postura de atlante tolteca,
"Tlahuizcalpentecutli"
o "Señor
de las Estrellas de la mañana", otro de los nombres de Dios. Sus plumas
son pequeñas, como puñales de sacrificio, son alas de águila: "el Aguila
que asciende", Cuauhtehuámitl,
otro
de los nombres de Huitzilpochtli, que sube a ofrendar la Señora a Dios. El ángel,
por otro lado, representaría a la orden de los guerreros-águilas y
guerreros-jaguares, lo más noble de la sociedad azteca.
Los
colores:
el
ángel, con vestimenta de color rojo, con alas, algunas también de color rojo;
la Virgen, vestida de "rosado o bermejo", nos evocan el color del sol
al nacer y al morir, es el color de Huitzilopochtli
y
de "Yestlaqueuqui",
"El
que va vestido de rojo", otro de los nombres de Dios. El blanco y el rojo
de las alas del ángel hablan de Tlaloc,
el
Dios del agua y de Xiutecutli,
Dios del
fuego.
¡Es
admirable la sabiduría, audacia y misterio que encierra la imagen, en la cual
como se ha comentado, aparecen los principales dioses mexicanos como padrinos de
la Madre de Ometeotl!
Nos recuerda
a San Pablo en el areópago de Atenas, que en su discurso de evangelización de
los griegos, parte de la "profunda religiosidad" que halla en ellos
(Hch 17,22).
Concluyendo,
podemos decir que el indígena que contemplaba la imagen de la noble Tonantzin
Guadalupe, podía deducir de la "lectura" del códice
guadalupano, que la noble Señora recogía cuanto de bueno había en su
antigua religión y sabiduría indias, y lo llevaba a un nivel nuevo y más
luminoso. Tonantzin Guadalupe es la Madre del verdaderísimo Dios, que nos da la
vida y nos hace hijos de Dios Padre.
El
capítulo de la teología india escrito en el evento guadalupano no se ha
cerrado, sigue irradiando, vivo, en la devoción del pueblo de México y de América
a la Virgen del Tepeyac y en la devoción al indio Juan Diego Cuautlatoatzin,
incrementada con su canonización por Juan Pablo II. Sigue abierto, porque es un
códice azteca, que admite nuevas lecturas que seguirán enriqueciendo nuestro
caudal teológico y devocional.
En
el encuentro de Tonantzin Guadalupe con el indio Juan Diego Cuatlatoatzin
descubrimos con asombro una convergencia fecunda de la sabiduría india con el
mensaje cristiano, realizada con mano maestra, es decir, con corazón materno y
con inteligencia de altísimos kilates. El hecho guadalupano nos está mostrando
un camino luminoso de teología india para andar si se quiere.
Extracto Tomado del artículo “Tonantzin Guadalupe y Juan Diego Cuauhtlatoatzin, semillas de la teología india” de Javier García aparecido en “Ecclesia” Revista de Cultura Católica, de julio –septiembre de 2002.