Ser
hombre es nacer, crecer, madurar, entrar en la vejez, morir. Se es hombre no en
el vacío sino en lo relleno de funciones somáticas, ciclos biológicos,
afirmación del cuerpo y controles fundamentales del espíritu en relación con el
poder, el dinero y el sexo, relaciones afectivas y crecimientos personales.
Jesús
fue hombre y no mujer; fue célibe y no casado; murió joven y no anciano; supo
del fracaso en el mundo y sólo del triunfo ante Dios. De todas estas realidades
levanta acta la Cristología e intentar entenderlas.
Las
edades de Jesús son, a la vez que edades del hombre, tiempos y edades de Dios
siendo hombre. El Verbo se ha hecho niño, joven, adulto. Lo ha sido y lo sigue
siendo para siempre, ya que las realidades constituyentes no desaparecen ni se
agotan sino que se alojan en la entraña de nuestra libertad, que es lo único
que nos llevamos con nosotros, como tejido de nuestra identidad. 
En
cada una de nuestras edades hay algo que queda en el tiempo fuera de nosotros y
algo que pasa a nuestro ser.
El
Verbo se ha hecho niño y para madurar como hombre; luego algo hay en Dios que
funda esa posibilidad, y algo hay en nosotros niños que se ordena a la
eternidad y la reclama. ¿Por qué pensar la vida humana sólo desde la hipotética
madurez intelectual lograda en la mitad de la vida o desde la potencia biológica
propia de la juventud? Toda la vida pertenece a la persona y Cristo ha querido
compartir las etapas-edades de nuestra vida para redimirlas y plenificarlas.
No
ha sido ingenuidad lo que los espirituales y filósofos han pensado sobre «el
niño Jesús», sobre el «Dios niño», el Dios que juega como niño,
y
sobre el hombre desde niño, sino penetración en lo más profundo del ser
personal, tanto de Dios corno del hombre.
La
escuela francesa de espiritualidad habla de la «adherencia» a los estados del
Verbo encarnado, afirmando que en cada acontecimiento de la vida de Jesús hay
una «virtud» divina. De esta forma en cada acto de Jesús tiene lugar la
realización de sí, la manifestación de Dios a nosotros y la redención de los
hombres.
Esos
hechos son «misterios», y como tales no son pasado sino un eterno presente. «Hay
que tratar las cosas y misterios de Jesús no como realidades agotadas y
extinguidas, sino como vivas y presentes, e incluso eternas, de las que tenemos
que recoger un fruto presente y eterno».
Sus
estados y actitudes nos van revelando la intención y la persona de Jesús.
No
son sólo sus virtudes, lo que se trata de esclarecer sino de percibir el latido
de su persona divina hacia una expresión humana y el lanzamiento de su libertad
humana hacia el Padre. Porque Cristo es la abreviatura conjunta del mundo y de
Dios, en quien aparece el mundo nuevo.
Necesitamos
analizar la oración, la obediencia, la penitencia, la soledad de Jesús en
relación con el Padre... a la vez que sus comportamientos en relación con los
hombres: amistad, fidelidad, compromiso, modestia, esperanza, confianza...
La
liturgia a lo largo de los siglos ha partido de la distinción en la vida de Jesús
entre
hechos
y misterios. Los
hechos,
que se agotan en
su
acontecer,
son la materia cuantitativa, verificable por la observación de sus aspectos
espacio-temporales e inteligible por la interpretación.
Los
misterios en cambio son esos mismos hechos en cuanto que en ellos se da una
manifestación de Dios por Jesús o de Jesús mismo, en la medida en que son
fuente de gracia para nosotros, manan de su libertad personal y refluyen sobre
la persona configurándola y por ello perduran en la eternidad del hombre Jesús
glorificado.
La
revelación de Dios y la salvación del hombre no son conceptos abstraíbles de
la realidad histórica de Jesús, sino que forman la intrahistoria de su
destino.
La
liturgia no es sólo narración de hechos pasados, ni instrucción moral
partiendo de ellos para el presente, sino la actualización de aquellos hechos
que realizaron el «misterio» o designio salvador de Dios. Por eso los
recordamos y actualizamos como misterios.
Santo
Tomás dedica la mitad de las cuestiones de su cristología a la reflexión teológica
sobre los misterios
de la vida de Cristo
(concepción,
nacimiento, circuncisión, presentación en el templo, bautismo, tentaciones,
transfiguración, última cena, pasión, muerte, resurrección, envío del Espíritu).
La
liturgia actualiza la vida de Jesús, no en lo que es discurso temporal, sino en
el contenido salvífico actuante en sus momentos álgidos, en cuanto instantes
elegidos por Dios como punto y lugar de su autodonación.
La
liturgia es así la actualización de la vida de Jesús por la fuerza del Espíritu,
la actualización de nuestra salvación. El
cristianismo
no es sólo religión de naturaleza o de moral, sino sobre todo de historia y de
misterio.
La
liturgia es el lugar real de encuentro con Cristo en cuanto Salvador y Viviente.
En
sus misterios, como fuentes de vida, los hombres le han encontrado siempre y le
siguen encontrando vivo.
La
memoria de su pasión y resurrección ha sido el principio de la existencia
cristiana a la vez que fue fermento crítico y liberador frente al olvido o
represión de la historia, y para su celebración nacieron los relatos bíblicos.
La Biblia es el relato de tales acontecimientos salvíficos y sólo se entiende a la luz de la liturgia, que los celebra como potencia santificadora en nuestro «hoy».
Precisamente por la liturgia, deja la Biblia de ser la narración de una cultura lejana y agotada como todas las demás culturas de su entorno.
Invito
a mis hermanos congregantes, a reflexionar sobre esta ideas, y principalmente a
no perder de vista que la
liturgia es el lugar real de encuentro con Cristo Vivo, Salvador Nuestro.
Adaptada
por el C. M. Alfonso J. Marín González, basada en algunas ideas del libro “Cristología”
de Olegario González de Cardenal, de la Biblioteca de Autores
Cristianos, Madrid 2001